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¿Te fue bien en tu Catequesis?

¿Te fue bien en tu Catequesis?

¿Cómo sabemos que nos fue bien en nuestra catequesis?

¿Qué tiene que pasar para decir que nos ha ido bien en nuestra catequesis?

¿Con los niños o interlocutores, con los papas, con mi planeación o mi preparación, o en mi hogar, o con el clima?

Si le entregamos nuestro quehacer catequístico a Jesús y ponemos nuestro esfuerzo en las manos del Espíritu Santo

¿Todo saldrá bien automáticamente?

¿Qué tal si de aquí en adelante siempre sólo nos fuera bien en la catequesis? ¿Y en nuestra vida?

Como si al entregarnos a Jesús ya todos los días nos iría bien y todos los días estarían estupendos.

Por experiencia, todos sabemos que así no es, que la vida no funciona así.

Sabemos muy bien que casi nunca sale todo bien, a veces mucho, a veces poco.

La vida, que es un regalo de Dios, tiene gozos y esperanzas, tristezas y angustias, luces y sombras, dolor y alivio, sufrimiento y consuelo.

Y así es también nuestra labor de catequistas, porque nuestra vocación de catequista también es un regalo de Dios.

Y cuando trabajamos con nuestros interlocutores también encontramos eso: logros y fracasos, esfuerzo y desgano, satisfacciones y frustraciones.

Jesús nos aclara esto en la parábola del sembrador. Mt 13, 3-23

Cuando oímos la parábola del sembrador hay muchos catequistas que pensamos que se refiere a que nosotros somos la buena tierra y que damos mucho fruto, los catequistas más comprometidos dan el 100%, otros ponen más o menos su esfuerzo, pero como no se forman, sólo alcanzan a dar un 50 - 60% y otros que se la llevan ahí nomas pues dan el 30%.

La parábola no se trata de clasificar a las catequistas de acuerdo a su desempeño.

Ni tampoco se trata de ver quien logra más y quién menos.

En este caso se trata de ver que nuestro trabajo y esfuerzo en la catequesis no tiene garantía humana de que siempre va a salir todo bien, aunque sea que lo hagamos en nombre de Jesús.

Jesús nos dice que en cuanto la semilla es sembrada, enfrenta inmediatamente retos y dificultades: se la roban, no la dejan crecer, no puede echar raíces y crecer.

Y no podemos hacer nada.

Así es en la catequesis.

Es como si en su parábola, Jesús nos advirtiera: “Miren, se va a enfrentar a estas dificultades. Prevénganse, estén preparados”.

En ocasiones, durante nuestro trabajo catequístico, nos va a tocar ver que nuestro esfuerzo y trabajo aparentemente no funcionan y no dan el fruto que desearíamos.

Como en la parábola, es cierto que hay pérdidas: alguna semilla es ahogada o robada o frustrada.

Esa es la realidad del mundo y de la vida.

Es interesante que cuando no funcionan las cosas, pensamos que eso indica fracaso o camino equivocado.

Y pensar eso es un error.

Porque no trabajamos por un resultado.

Trabajamos por una vocación.

Jesús nos llamó por nuestro nombre para una labor de amor: amor a Él, amor a los miembros de una comunidad y a nosotros mismos y a nuestras familias.

Ese trabajo amoroso que hacemos lo fructificará el Espíritu Santo.

Él es quien lo hará florecer y dar fruto a Su tiempo, no al nuestro.

A nosotros no nos toca hacer que la semilla crezca. No la podemos forzar ni obligar a crecer y dar fruto. A eso no nos llamó Jesús.

Nos toca ser fieles al llamado, a la vocación, no fieles al resultado o a los frutos que darán las semillas que sembremos en las vidas de nuestros interlocutores.

Porque cuando nosotros vemos un fracaso o errores o fallas en nuestra catequesis, Dios puede convertirlas en victoria y logros, o en cosas bellas en las vidas de nuestros interlocutores.

Sólo que tal vez no nos toque verlo.

Esto no quiere decir que nuestro trabajo y empeño pueden ser mediocres y ni tampoco que la catequesis no merece nuestro mejor esfuerzo y dedicación.

(Como diciendo: “¡Ay! Al cabo que el Espíritu Santo va a componer todo después”)

Eso seria una gran decepción y una horrible traición a la vocación que Jesús nos ha regalado y confiado.

Entonces, ¿Qué vamos a hacer en nuestra catequesis?

Vamos a poner nuestra energía en la preparación, por amor a Jesús.

Luego, pondremos nuestro mejor esfuerzo y atención en el momento de dar nuestra catequesis, por amor a Jesús y a nuestros interlocutores.

Y después, amorosamente le regalaremos al Espíritu Santo nuestra confianza para que nuestro trabajo dé frutos cuando Él quiera.

Todo siempre en oración, en amor y fidelidad.

 

 

Todo a Jesús por María. Todo a María para Jesús.