Catequesis: Servicio de Amor
Nuestro Dios, que es el Dios de las sorpresas, tiene un regalo para nosotros.
Pero es un regalo en forma de cruz y busca quien quiera abrazarla.
De ahí viene nuestro llamado a ser catequistas:
Una sorpresa de parte de Dios.
Un regalo, un don.
Un regalo en forma de cruz.
Que nosotros aceptamos con temor y temblor como una responsabilidad de servicio de amor a Dios, a la iglesia y cada uno de los miembros de nuestra comunidad.
Tal vez conviene aquí recordar el lavado de los pies, cuando Jesús mismo se ata una toalla a la cintura y les lava los pies a sus discípulos. (Jn 13,1 – 15)
Para el catequista como servidor de los demás, la verdadera autoridad le viene de ponerse la toalla a la cintura e inclinarse para lavar los pies de sus interlocutores, sean niños, papás, compañeros catequistas o la comunidad en general.
Lavar los pies significa agacharse y hasta hincarse para poder hacerlo y eso no es fácil para nuestro ego, para nuestra imagen, para la idea que tenemos de nosotros mismos.
Nos va a costar mucho trabajo, renuncia y sacrificio.
Pero si nuestro Maestro lo hizo, lo tenemos que hacer nosotros también si queremos enseñar a los demás a ser discípulos.
En nuestra vocación hay gozos y esperanzas, pero también penas y angustias.
Sin embargo, si la fuerza que nos impulsa en nuestras vidas es el amor, entonces no hay que temer.
Nuestro amado Dios lo va a hacer todo; sólo tenemos que dejarlo hacer.
Es como si un día Jesús nos preguntara:
“¿Tendrás paciencia si duplico tus penas en la catequesis?” nosotros le responderíamos: “Sí. En la medida que dupliques mi amor a ti y a los demás”.
El amor a Dios es la fuerza central de todo lo que hacemos en catequesis y en nuestra vida.
Y la fuerza de ese amor se nutre de la oración, de estar con El Amado, con nuestro Jesús, escuchándolo, hablándole de lo que somos, de lo que tenemos, de lo que hacemos.
Y también de estar con Él en silencio, sólo viéndolo, contemplándolo, en la profunda alegría de estar con Él sin necesidad de palabras.
Esta oración es también uno de los regalos más hermosos que Dios nos da y que podemos compartir con nuestros interlocutores, enseñándoles, invitándolos o simplemente acompañándolos en la catequesis con nuestro corazón que ora sin cesar.
Porque una cosa es cierta: nuestra unión con Dios en la oración nunca nos aleja de la tierra ni nos separa de nuestra humanidad, más bien al contrario, nos permite movernos en amor desde la casa y la vida familiar, a la vida de la comunidad parroquial, a la vida en el barrio o en el trabajo o en la escuela.
No cambia nuestra actitud básica sino sólo cambian las maneras como expresamos nuestra relación permanente de amor a Dios en las diversas dimensiones de nuestra vida.
Nuestra vida ordinaria es sitio privilegiado donde encontramos a Dios.
No necesitamos ir a buscarlo en donde hay más luz, o donde hay más música o ruido ( por ejemplo, en las redes sociales.)
Nuestra vida de todos los días, nuestro aquí y ahora, es el lugar sagrado donde la presencia de Dios ocurre, donde lo encontramos y donde Él nos acompaña y nos sostiene siempre.
Sin duda, los sacramentos son también lugares de encuentro. Particularmente, la Eucaristía es el centro de la vida cristiana pues de ahí se nutre y cobra vida nuestra oración, nuestra vocación y todo lo que somos.
Recibir la Sagrada Comunión es indispensable, no podemos vivir sin recibir a Jesucristo Nuestro Señor real y presencialmente.
También necesitamos encontrarnos con su perdón en la Reconciliación.
Toda nuestra vida es una serie de momentos de encuentro con nuestro Dios, de estar en su presencia, unos más intensos y profundos, otros menos, pero siempre son regalos de Él, y los aceptamos con gratitud y alegría.
Todos son momentos de vivir en su presencia, de vivir esta relación de amor de manera más profunda, más elevada, más íntima, que nos permite agacharnos y lavar los pies con alegría porque hacemos lo que hace nuestro Maestro.
Comunión, Oración, catequesis como servicio amoroso a los demás, presencia de Dios permanente en los lugares donde vivimos a través de nuestra relación profunda con Él.
Eso es ser catequista. Demos gracias a Dios.
Todo a Jesús por María. Todo a María para Jesús.
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