Las Manos y Pies de Cristo y la Catequista
Hay una frase que nos gusta decir mucho a los catequistas.
Que suena muy bien hasta que nos detenemos a pensar qué es lo que decimos exactamente.
Decimos que somos las manos y los pies de Cristo.
Y decirla nos sale muy bien y muy fácil
Nos anima a ser “buenas catequistas”: sonreír más, ayudar a prójimo, preparar bien los temas de catequesis, ser pacientes cuando los demás no hacen lo que nos gusta o hacen lo que no nos gusta, especialmente los papás de los niños.
Todo esto bueno, respetable y seguro.
Pero esa frase no viene de una imagen bonita e inofensiva.
Porque Sus manos y Sus pies no eran suaves y descansadas, ni estaban bien humectadas ni tenían protector solar, ni reflejaban una vida equilibrada y bien vivida.
Las manos y los pies de Cristo eran pies y manos clavados en una cruz,
desgarrados y sangrantes,
soportando todo el peso de un cuerpo sometido a algo tan espantoso
que ninguno de nosotros podría soportarlo.
Esas manos que sanaron a tantos están desgarradas por clavos, esos pies que caminaron kilómetros buscando a las ovejas perdidas ya no pueden dar ni un paso por estar fijos con clavos.
Esas son las manos y los pies que estamos llamados a ser como catequistas.
Llamado difícil.
San Pablo en su carta a los Corintios nos dice:
“Ahora son el cuerpo de Cristo, y cada uno de ustedes en particular, miembros de ese Cuerpo” 1Cor 12,27
Lo que dice San Pablo no es un llamado a superarte, no es una invitación a que arregles tu vida y cuando estés lista, pongas tu mejor cara para poder hacer la tarea que te va a encargar Jesús.
San Pablo se refiere más bien a que le entres ya, así como estés, en este preciso momento. No te esperes a estar lista, no te esperes a sentirte preparada y segura.
Y aquí es donde la mayoría de los catequistas empezamos a dudar, porque siendo honestas, no nos sentimos listas y preparadas. Si miramos nuestras vidas, clarito vemos de que pata cojeamos.
Vemos las debilidades, el cansancio, lo frágil que somos, todas las veces que quisimos no haber dicho o hecho eso, todas las veces donde que debimos haber dicho o hecho algo.
Todos esos lugares en nuestro corazón donde todavía nos duele mucho.
Y pensamos que esos errores y esas fallas nos descalifican para la tarea que Jesús nos encarga.
Así como somos
Creemos que Dios busca gente fuerte, entera, no gente que apenas está sanando.
Suponemos que Él quiere gente superada que camine derechito, no alguien que está en medio de broncas y que no sabe ni qué onda esperando que nadie se dé cuenta.
Solo que Dios no hace así las cosas.
Las manos y los pies de Cristo no estaban enteras y sanas. Estaban taladradas con clavos. Marcadas con la evidencia visible de algo muy doloroso.
Esas mismas manos traspasadas son las que Cristo extiende hacia nosotros.
Esos pies clavados son los que lo llevan hacia donde Él necesita ir.
Nunca se trató de que fuéramos infalibles y perfectos para la tarea.
Tal vez se trata de que voluntariamente aceptemos ser esas manos y pies de Cristo.
Sin duda, podemos encontrar mil razones por las que ni siquiera deberíamos intentar entrarle a esta importante tarea de la catequesis:
- nuestra impaciencia,
- nuestra fatiga,
- todas las veces en que nuestro mejor esfuerzo ni siquiera alcanzó para algo regular,
- demasiadas fallas, demasiadas equivocaciones.
Tal vez en secreto nos esperamos pensando: una vez que limpie mi vida y la ponga en orden, y que tenga una fe fuerte, tal vez entonces pueda servir al Señor.
Pero Jesucristo, con sus manos atravesadas, con sus pies taladrados, con su cuerpo deshecho, llevó a cabo el acto de amor más grande del mundo: la redención de la humanidad entera.
Entonces tu debilidad e insuficiencia no le son desconocidas.
Ni te descalifican, ni te descartan.
Al contrario, es en nuestra debilidad donde se muestra mejor Su fuerza.
La verdad es que, por nuestra cuenta, no tenemos ni la fuerza, ni la sabiduría, ni la capacidad de sostener el esfuerzo para la catequesis.
Pero con Él, sí.
Si aceptamos que somos Suyos, que le pertenecemos, y si tenemos el valor de darle nuestro Sí, aunque sea tímido y frágil, Él va a usarnos para la tarea.
Nuestras manos que no son perfectas, las va a usar para servir.
Nuestros pies, cansados, torpes y lentos, de todos modos, van a ser enviados a la tarea.
Nuestras vidas, inacabadas, incompletas o rotas, las va a usar Él para tejer con ellas la hermosa red de la redención para los que está cerca de nosotros y muchos más.
No porque seamos perfectos.
Sino porque Él es perfecto.
Y eso es suficiente.
Con eso basta.
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