La Vida Interior del Catequista
¿Cuántas vidas tenemos los catequistas?
Hay la leyenda de que los gatos tienen 9 vidas.
Pero eso es solo un dicho popular.
Igualmente, muchos dicen que los cristianos debemos tener vida interior, vida de espíritu y vida de oración además de nuestra vida normal de todos los días.
¡Dios mío! ¡Eso sí que debe ser difícil!
Estar atento a tantas vidas para que crezcan y se desarrollen armoniosamente, sin descuidar una sola. ¡Qué trabajo!
Pero eso tampoco es cierto.
No es verdad que tenemos varias vidas.
La realidad es que sólo tenemos una y es la que vivimos todos los días y que es biológica y espiritual, de oración y del trabajo o de la escuela, es vida familiar y comunitaria.
Es una sola vida que nos regala el Padre Celestial, redimida por Cristo, en el Espíritu Santo.
La vida familiar es la vida espiritual, la vida interior es la vida del trabajo y la familiar.
La vida de oración es la vida comunitaria y la familiar y la biológica.
Una sola vida, una sola fe, un solo Señor.
No hay que querer conseguir una vida espiritual y de oración, no hay que buscar lo que ya tienes.
Ya tenemos una vida interior, espiritual y de oración, si no la vemos o vivimos es porque algo nos estorba en nuestro corazón.
Nuestro esfuerzo debe entonces estar dirigido más bien a quitar lo que nos impide ver que nuestra vida espiritual es la vida misma de todos los días.
Tenemos tal cantidad de atenciones, distracciones, aficiones, deseos, vanidades, presunciones; tanto mundo dentro, que no vemos la presencia de Dios en nuestra vida diaria.
Hay que preguntarnos: ¿Qué es a lo que le pongo más atención?
¿A qué le estoy dedicando más tiempo?
¿Al trabajo? ¿a las pantallas, chicas o grandes?
¿En qué gasto más energías en mi día?
¿En tratar de controlar situaciones o personas? ¿en buscar soluciones?
¿Me dejo llevar por lo que está pasando en este momento en mi vida sin pensar en mí, en mis necesidades propias, en mi Dios?
Para ver a Dios es nuestra vida, nada más hace falta querer verlo y pedirle ayuda al Espíritu para que Él toque nuestra mente y nuestro corazón con su luz y nos ilumine para ver lo que está estorbando y nos impide darnos cuenta de su presencia en todo lo que nos pasa y en todo lo que vivimos.
Dios nos acompaña en todo lo que vivimos y quiere que sepamos que Él está siempre con nosotros.
Pero nos ama tanto que respeta nuestras decisiones de dedicar nuestra atención a otras cosas que no sean Él y no va a obligarnos ni forzarnos a pensar sólo en Él todo el tiempo.
Hay que hacerle un lugarcito a Dios en todas nuestras actividades diarias y así nuestra vida se convierte en vida espiritual y de oración.
Claro, hay que tomar decisiones conscientes para mantener la intención de hacer presente a Dios. Por ejemplo, entender que tenemos sacrificar cosas que nos gustan, pero no nos dejan nada :
· Sacrificar la película
· Sacrificar unas horas de redes sociales
· Sacrificar la telenovela
· Sacrificar nuestro “sano” entretenimiento, cualquiera que sea.
No lo logramos sin sacrificios.
También debemos que practicar la disciplina de no dejar que nuestra imaginación se desboque en ilusiones y fantasías inútiles, sino usarla para imaginar cómo servirlo mejor.
Por ejemplo, dejar de imaginar qué haríamos si ganamos la lotería, y más bien, imaginar cómo hacer nuestra catequesis semanal para que sea más un itinerario de iniciación a la vida cristiana y no nada más preparación para un sacramento.
Si quitamos de nuestra mente todo lo que no sea Él, ya está.
Es relativamente fácil. Si quisiéramos, y con sencillez a Dios se lo pidiéramos, lograríamos que nuestra vida diaria sea la vida del espíritu.
Si quisiéramos seríamos santos. Pero no queremos. Preferimos perder el tiempo en estúpidas vanidades de redes sociales.
Quita de tu corazón lo que estorba y en él hallarás a Dios.
Muchas veces nos obsesionamos buscando lo que no hay, y en cambio pasamos al lado de un tesoro y no lo vemos. Esto nos pasa con Dios, que lo buscamos en una maraña de cosas, que a nosotros nos parecen mejores cuanto más complicadas. Y, sin embargo, a Dios lo llevamos dentro, y ahí no lo buscamos.
No vemos a Dios en nuestra vida, no porque sea difícil, sino porque no queremos.
No lo tomamos en cuenta, porque no queremos.
No tenemos paciencia, porque no queremos.
No tenemos templanza, porque no queremos.
No tenemos castidad, por lo mismo.
En realidad, si quisiéramos seríamos santos, y es mucho más difícil ser ingeniero, que ser santo. ¡Si tuviéramos fe!
Contesta entonces esta pregunta: ¿Cuál es la una cosa que necesito cambiar en mi vida para hacer presente a Dios en mi vida diaria? Sólo una cosa pero que, haciéndola, va hacer más fácil reconocer la presencia de mi Dios en mi vida.
¿Qué cosa cambio hoy, o en esta semana, para hacer que Dios me acompañe en todo lo que hago? ¿Qué debo sacrificar para tener más tiempo con Él?
Escribe tu respuesta.
Ponlo por escrito, porque si no, se te olvida.
Escríbelo.
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