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LA ESPIRITUALIDAD DEL CATEQUISTA

LA ESPIRITUALIDAD DEL CATEQUISTA

Los catequistas necesitan la espiritualidad.

Sin espiritualidad la catequesis pierde autenticidad y se vacía de su esencia más profunda.

Pero ¿Qué es la espiritualidad?  La espiritualidad no es algo que hay que investigar para saber qué es y poder desarrollarla y dirigirla a lo que nosotros creemos que Dios quiere.

La espiritualidad no es un concepto que hay que definir para entenderla y vivirla.

No es una idea que hay que imaginar fuerte y grandiosa para traerla a nuestra vida y agradar a Dios

La espiritualidad es un don gratuito de Dios que el Espíritu Santo va construyendo para nosotros con nuestras vidas.

La espiritualidad también es un proyecto de Dios que nosotros aceptamos todos los días para que el Espíritu Santo nos transforme poco a poco en imagen de Jesucristo glorificado, claro, con nuestra entrega y con nuestro esfuerzo

Un gran error es pensar que tenemos nuestra vida normal de todos los días y también una vida espiritual que hay que desarrollar. Esto no es verdad

No tenemos dos vidas. La vida espiritual no es una parte de la vida, sino que tenemos una sola vida.

Si decimos la vida social, familiar, laboral, material, normal, espiritual, no es que sean muchas vidas, sino que son sólo característica la una y única vida que tenemos, una vida guiada por el Espíritu Santo.

La espiritualidad del catequista es don y proyecto que se refleja y se expresa en la catequesis concreta de cada semana que compartimos con nuestros interlocutores

El centro de toda de catequesis está en el encuentro vivo con Jesucristo.

Este encuentro se da tanto en la vida diaria del catequista como en el momento de la catequesis misma, es decir, el encontrarnos con Jesús en lo que hacemos todos los días, y llevar esta experiencia a los que nos escuchan, ésta es la característica principal de la vida misma del catequista, esto es la espiritualidad del catequista.

Por eso deseamos una espiritualidad que crezca en nosotros y profundice nuestra vocación, para que así, nuestra labor de catequistas la hagamos con una fe firme y con el testimonio creíble de nuestra propia vida que refleje la alegría del encuentro diario con Cristo y por lo mismo, que refleje la alegría de anunciar el evangelio.

Dios llama a los catequistas a anunciar el evangelio. Él escoge a los que Él quiere y nos da lo que necesitamos para esta tarea: dones, proyectos, oportunidades, guía, recursos que va poniendo a nuestro alcance de acuerdo al crecimiento de nuestra capacidad y a la madurez de nuestro corazón

Los catequistas queremos dar una respuesta generosa y comprometida a esa vocación que nos regala Dios. Aceptamos con alegría también el don de la espiritualidad y le damos un sí fuerte y claro al proyecto que nos propone de crecimiento y madurez en el espíritu.

Sabemos que es un privilegio y un gran honor que nos hace Dios al llamarnos por nombre a ser catequistas, y le damos gracias con todo el corazón por la espiritualidad de catequistas que nos da.

Pero también sabemos que este regalo implica sacrificios de tiempo y energía, conflictos y problemas, frustraciones y desconsuelos. En medio de esta vida llena de tantas cosas, no es fácil dar un sí incondicional a Jesús, pero nuestro corazón sí quiere porque sabe que vale la pena aceptar el llamado, aceptar el don y el proyecto de Dios. Por eso decimos con San Pablo “todo lo puedo en aquel que me conforta” Fil 4,13.