6 min read

Estar Preparados, Catequistas

Estar Preparados, Catequistas

No se trata de preparar la catequesis de cada semana.

Tampoco de formación y preparación de catequistas.

Se trata de una preparación más profunda.

La preparación de la que habla Jesús, nuestro Maestro.

En el evangelio de San Mateo (Mt 24, 42-51), Jesús habla estar preparados para cuándo Él venga:

42 Por eso estén despiertos, porque no saben en qué día vendrá su Señor.
43 Fíjense en esto: si un dueño de casa supiera a qué hora de la noche lo va a asaltar un ladrón, seguramente permanecería despierto para impedir el asalto a su casa.
44 Por eso, estén también ustedes preparados, porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que menos esperan.
45 Imagínense un administrador digno de confianza y capaz. Su señor lo ha puesto al frente de su familia, y es él quien les reparte el alimento a su debido tiempo.
46 Afortunado será este servidor si, al venir su señor, lo encuentra cumpliendo su deber.
47 En verdad les digo: su señor lo pondrá al cuidado de todo lo que tiene.
48 No será así con el servidor malo que piensa: 'Mi señor se ha retrasado',
49 y empieza a maltratar a sus compañeros y a comer y a beber con borrachos.
50 El patrón de ese servidor vendrá en el día que no lo espera y a la hora que menos piensa.
51 Le quitará el puesto y lo mandará donde los hipócritas. Allí será el llorar y el rechinar de dientes

Me llaman la atención tres versículos específicamente:

·         Por eso estén despiertos, porque no saben en qué día vendrá su Señor

·         Por eso, estén también ustedes preparados, porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que menos esperan

·         Afortunado será este servidor si, al venir su señor, lo encuentra cumpliendo su deber.

La Llamada a la Vigilancia

Estas palabras del Evangelio nos invitan a una actitud fundamental en la vida cristiana: vivir despiertos, vivir atentos, vivir preparados. No se trata de una vigilancia nacida del miedo o la ansiedad, sino de una actitud de apertura constante a la presencia de Dios en nuestra vida cotidiana.

Cuando escuchamos las palabras "estar en vela" y "estar preparados", nuestra mente casi siempre las asocia con las desgracias de la vida, con la muerte o el juicio final. Y es cierto que las calamidades, los momentos difíciles, las tragedias personales y colectivas llegan sin avisar y cuando menos lo esperamos. Pero esta manera de ver esas palabras disminuye la riqueza del mensaje evangélico.

La vigilancia cristiana no se trata de estar esperando sólo lo negativo. Si vivimos únicamente alertas para protegernos de las desgracias, estamos dejando pasar lo más importante: la continua y generosa presencia de Dios en nuestras vidas. Dios no solo se hace presente en los momentos de crisis para sostenernos; Dios está presente cada día, en cada instante, dándonos sus gracias, sus dones, sus inspiraciones.

Atentos para Reconocer las Gracias de Dios

El verdadero reto de la vigilancia cristiana es desarrollar esa sensibilidad espiritual, esa atención del corazón que nos permite reconocer y aceptar las muchas maneras en que Dios se comunica con nosotros. Las gracias de Dios no siempre llegan con grandes anuncios o señales espectaculares. Muchas veces se presentan en lo ordinario, en los pequeños detalles de la vida diaria que pasamos por alto si no estamos verdaderamente atentos.

¿Cuántas veces Dios nos ha hablado a través de una palabra oportuna de un amigo? ¿Cuántas veces nos ha dado su consuelo a través del abrazo sincero de un ser querido? ¿Cuántas inspiraciones divinas hemos dejado pasar en catequesis porque estábamos demasiado ocupados, demasiado distraídos, demasiado absortos en nuestras preocupaciones? La mirada de esa niña, la sonrisa de aquel niño. Estar preparados significa cultivar un corazón receptivo, unos ojos capaces de ver la mano de Dios obrando en nuestra historia personal y comunitaria.

 La Transformación de las Desgracias en Gracias

Aquí llegamos a una verdad profunda de la fe cristiana: cuando desarrollamos esa vigilancia atenta a las gracias de Dios, algo extraordinario comienza a suceder. Aquello que en un primer momento nos pareció un fracaso o una desgracia, con el tiempo y con la mirada de la fe, puede revelarse como la oportunidad de una gracia mayor.

No se trata de negar el dolor, ni de minimizar el sufrimiento o de adoptar un optimismo ingenuo que ignore la difícil realidad de la catequesis o de la vida. El sufrimiento es real, el dolor es profundo, las pérdidas son devastadoras y los fracasos son vergonzosos. Pero la fe nos enseña que Dios puede escribir derecho sobre renglones torcidos, que puede hacer brotar vida nueva del suelo más árido, que puede transformar nuestras cruces en fuentes de redención.

Los fracasos y las desgracias, vistos únicamente desde nuestra perspectiva humana limitada, pueden parecer absurdos, injustos, carentes de sentido y hasta tontos. Pero cuando los miramos con los ojos de la fe, cuando los sostenemos en la oración, cuando los llevamos al encuentro con Cristo, podemos comenzar a descubrir que incluso en la peor oscuridad, Dios está presente. Que esas desgracias esconden, de manera misteriosa pero real, la acción de Dios actuando en nosotros, transformándonos, purificándonos, haciéndonos crecer en amor y en confianza.

El Ejemplo de la Muerte

Tomemos el ejemplo más radical: la muerte. Desde una perspectiva puramente terrenal, la muerte es la desgracia definitiva, el fin de todo, la separación dolorosa, la pérdida absoluta. Y no podemos negar su carácter dramático y el sufrimiento que conlleva tanto para quien parte como para quienes quedan.

Sin embargo, para el cristiano vigilante, para quien ha aprendido a estar atento a las gracias de Dios, la muerte se revela también como gracia. Es la oportunidad que se abre al encuentro definitivo con Jesucristo. Es el momento en que culmina nuestra peregrinación terrena y comenzamos la vida eterna. Es la consumación de nuestra relación con Dios, el instante en que toda la espontaneidad y responsabilidad de nuestra respuesta de fe alcanza su plenitud en el abrazo divino.

La muerte, que parecía ser la última y más terrible desgracia, se convierte en la gracia más grande cuando la miramos desde la perspectiva de la resurrección, desde la promesa de Cristo de que Él ha vencido a la muerte y nos abre las puertas de la vida eterna.

Vivir en Alerta Permanente

Por lo tanto, acojamos con corazón abierto y generoso esta llamada evangélica a vivir alerta, a estar atentos, a estar preparados. No se trata de una vigilancia angustiosa o ansiosa, sino de una actitud vital de apertura, receptividad y confianza.

Estemos atentos para ver cómo Dios nos habla en las Escrituras, en la liturgia, en la oración personal, pero también en los acontecimientos de nuestra vida diaria. En la catequesis, Dios nos habla a través de las alegrías y los desafíos, a través de los éxitos y los fracasos, a través de los encuentros y las despedidas.

Estemos atentos para reconocer cómo Dios nos inspira a través del Espíritu Santo, que nos impulsa al amor, a la catequesis, al servicio, a la justicia, a la paz. Él nos invita a ser mejores personas, a comprometernos más profundamente con anuncio del Reino de Dios a nuestros niños o interlocutores, son inspiraciones divinas que debemos acoger y seguir.

Estemos atentos para acoger los dones que Dios derrama continuamente sobre nosotros: el don de la vida misma, el don de la fe, el don de la vocación catequística, los dones y talentos particulares que cada uno ha recibido para ponerlos al servicio de los demás.

Una Espiritualidad del Presente

Esta vigilancia cristiana nos invita a cultivar una espiritualidad del presente, del aquí y ahora. No se trata de vivir angustiados por el futuro incierto ni de quedar atrapados en los remordimientos del pasado. Se trata de vivir plenamente el momento presente, porque es en el presente donde Dios viene a nuestro encuentro, donde su gracia actúa, donde su amor se derrama.

Cada sesión de catequesis, cada junta, cada circunstancia, por ordinaria que parezca, puede convertirse en un espacio de encuentro con lo divino si tenemos ojos para ver y corazón para acoger.

Vivir en vela, estar preparados, mantenernos atentos: esto no es algo que hacemos de vez en cuando o sólo cuando estamos en nuestra catequesis, o durante la misa, sino que es un modo de vida, una actitud permanente del discípulo de Cristo. Es la disposición interior de quien sabe que Dios está siempre obrando, siempre presente, siempre derramando su amor sobre nosotros.

Porque el Señor viene, no solo al final de los tiempos, sino cada día, en cada momento de nuestra catequesis. Y bienaventurados aquellos siervos a quienes el Señor, al venir, encuentre vigilantes, atentos, preparados para acogerlo en las gracias y en las aparentes desgracias de la vida, reconociendo en todo su amor misericordioso y su providencia amorosa.

Todo a Jesús por María. Todo a María para Jesús