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El Catequista y la Humildad

El Catequista y la Humildad
Photo by Tiago Bandeira / Unsplash

La humildad verdadera nos da libertad y alegría.

En muchas ocasiones nos han dicho: ”Tú eres el mejor” el mejor compañero o compañera, la mejor mamá, la mejor trabajadora, la mejor amiga, la mejor catequista, etc.

Sin embargo, la mayoría de las veces, nosotros en nuestro interior sabemos muy bien que no es cierto.

Conocemos bien nuestras fallas y defectos, nuestras debilidades y flaquezas, y aunque reconozcamos nuestras cualidades y talentos, podemos decir que realmente nos falta mucho para ser “la mejor” o “el mejor”.

Ser humilde no es fingir humildad. La humildad no es que si una mujer es bonita diga que es fea, o que si un hombre es inteligente diga que es tonto. Eso no es la verdad y no es humildad.

La humildad no es rebajarse, sino aceptarse y estar contento con lo que uno es.

Ser humilde es ser honesto consigo mismo y no estar pensando en uno todo el tiempo.

Santa Teresa de Ávila, más conocida como Santa Teresa de Jesús decía que

“La verdad es humildad”.

Si dices ”no soy bueno para las matemáticas”, o peor aún, si dices “soy malo para las matemáticas, o para la catequesis, o para tener paciencia con los niños o lo que sea”. Eso no es humildad si lo dices para disculpar tu falta de responsabilidad o esfuerzo, o si lo dices para justificar tu flojera o negligencia, o para conformarte con tu miedo al compromiso. O si lo dices por miedo a perder lo que crees que mereces por ser bueno en lo que sea. Eso no es humildad.

También es humildad reconocer que, si no eres bueno en algo que quieres ser o tener, puedes llegar a ser bueno, si te esfuerzas.

La humildad es ser honestos consigo mismo. Y la verdad es que todavía no somos lo que verdaderamente debemos ser. ¡Y esto es tremendamente liberador!

La humildad es libertad porque te libera de la enorme carga de querer aparentar algo que no eres, te libera de sentirte obligado a fingir ser algo que no eres. Cuánta energía y recursos empleamos en querer dar una imagen que creemos es mejor y más aceptable para los demás.

La verdad de la humildad es que, si eres bueno en algo, significa sólo eso, que eres bueno en algo, lo que sea, y no significa que eres superior a los demás.

Ser humilde no es rebajarse de ser bueno en algo (por ejemplo: en hablarles a los niños, de hablar en público, entender pronto, en escuchar, en leer, en aprender rápido, o lo que sea), sino ser humilde es pensar que no eres especial o que eres superior por ser bueno en ese algo ya que sólo significa que eres bueno en eso, nada más. No que eres mejor, ni superior, ni más valioso, ni más importante.

Humildad es reconocer, caminar y vivir en la verdad, lo que quiera que sea esa verdad.

Una señal de humildad es ser capaz de reírte de tu propia fragilidad y de tus debilidades, de tus fallas y tus defectos. Reírte de eso delante de Dios es reconocer que Lo necesitas inmensamente, que eres totalmente dependiente de su misericordia. Y entonces esa humildad es fuente de gran alegría por la confianza que te da saber que Dios te salva, te perdona y te completa.

Como dice San Pablo en 2Cor 12, cuando Jesús le dice

Te basta mi gracia”.

Si el poder de Dios reside en nosotros, podemos “gloriarnos” de nuestra debilidad. Ser feliz porque en nuestra debilidad se muestra la fuerza de Dios, podemos reírnos de nuestras debilidades.

Ser capaz de reírte de ti aunque no seas “la mejor” hija o hermana, o catequista; poder reírte de ti aunque no seas “la mejor hija de Dios o el mejor hijo de Dios”, significa que sin importar nuestras debilidades, fallas o pecados, nunca dejamos de ser Sus hijos.

Si fallamos, o nos esforzamos a medias, o regateamos nuestro corazón en la catequesis, o de plano, si nos dejamos llevar por nuestras debilidades y pecamos, hay algo que no dejamos de ser nunca: siempre somos Sus hijos.

Dios nos aceptó y nos amó desde mucho antes que conociéramos nuestras debilidades y que nos diéramos cuenta de lo frágil que somos.

Nos escogió como catequistas y nos acogió en sus brazos sabiendo todas nuestras fallas y pecados y diciendo:

A ti te quiero no porque seas bueno en esto o aquello, sino porque te elegí a ti en Cristo

y somos de Él precisamente por la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Así Jesús nos adquirió para el Padre.

En nuestro bautismo, Él no nos dijo “tú eres el mejor”, sino que nos dijo y nos dice siempre:

Tú eres mío y te amo”.

Hay que aceptar esta verdad, y humildad es reconocer y vivir la verdad de lo que realmente somos: no que somos débiles y frágiles, sino que le pertenecemos.

Y esta humildad nos lleva a ser libres.

Es la humildad que nos da libertad y nos llena de alegría.