El Catequista y la Eucaristía
Para el Catequista la Eucaristía es un ritmo de vida
La Eucaristía no es sólo una misa
La Eucaristía no es solo un ritual, sino un ritmo que estamos invitados a vivir.
Es el ritmo de Dios.
Es la forma de la vida misma de Cristo—derramada, estrenada, entregada.
Que se nos ofrece no solo para recibirla, sino para hacerla nuestra, para vivirla.
La Eucaristía como Ritmo de Transformación
La participación en la Eucaristía es una llamada a la transformación.
Pero esta transformación no ocurre de golpe.
La Eucaristía es la celebración de la vida: la vida de Cristo en nosotros, y nuestra vida en Cristo, un dar y recibir mutuo. Lo que Jesús inició en la Última Cena continúa en nosotros, no como un recuerdo, sino como una realidad presente.
Sería muy raro que Jesús nos transformara por completo de repente. Es a través de cada comunión que Él nos cambia, abriendo poco a poquito las puertas de nuestro corazón y nuestra mente, nos convierte en mejores personas, mejores catequistas, mejores discípulos.
Así nos va haciendo cada vez más como Él es: para que amemos más, miremos a los demás con compasión, perdonemos, anunciemos, siempre más, siempre mejor. Así nos transforma de Comunión en Comunión, a través de muchas Comuniones hasta que lleguemos a la Comunión definitiva, la que es eterna.
Cuando recibimos la Eucaristía en silencio y apertura, no solo estamos tomando a Cristo en nosotros mismos, sino que también estamos entrando en la vida, muerte y resurrección de Cristo.
Es un intercambio divino: Vivimos el Misterio Pascual.
Cuando comulgamos, el Cuerpo de Cristo no está limitado a la hostia consagrada—es la comunidad de fe, también es los niños de nuestra catequesis, es los pobres y los que tienen la vida rota, es los que buscan y los que guardan silencio, los que van a misa y solo están.
Cuando comulgamos estamos en y somos el Cuerpo de Cristo, como dice San Pablo. (Cfr. 1Cor 12,27)
Ustedes son el cuerpo de Cristo y cada uno en su lugar es parte de él
La Eucaristía deja de ser solo un ritual. Se convierte en una respuesta vivida—una forma de estar en el mundo marcada por la confianza, la sencillez y el servicio que se manifiestan más concretamente cada vez que hacemos catequesis: en la preparación y al testimoniar nuestra fe a los niños para que se enamoren de Jesús y les den ganas de iniciar una vida auténticamente cristiana.
Y cuando comemos la hostia consagrada, tomamos Su vida en la nuestra, con todo el riesgo y el esplendor que eso implica: el riesgo de entregar la propia vida renunciando a lo que somos y lo que es nuestro. El esplendor de saberse aceptado, acogido, consolado y apapachado por el Dios de amor que nos salva.
Mi sugerencia como catequista:
Silencio y Quietud antes de la Fracción del Pan: Antes de asistir a la Eucaristía, pasa cinco minutos en silencio. Coloca tus manos abiertas en tus piernas como signo de que estás dispuesta a recibir. Pregunta suavemente: ¿Qué necesito ofrecer hoy? ¿Qué estoy reteniendo? ¿Qué me está impidiendo? Permite que la pregunta se asiente en tu corazón sin forzar una respuesta. Deja que el silencio hable.
Inmediatamente después de la Comunión: Deja que ese momento de oración después de la comunión sea ese mismo movimiento de entrega de uno mismo, más allá del pensamiento y la imagen, más allá de los símbolos y las palabras hasta que nos encontramos descansando en la presencia de Dios.
Convirtiéndose en Pan: En los próximos días, busca una oportunidad para dar de ti mismo en silencio y generosamente, especialmente cuando te cueste algo. Y como catequista, pues en la catequesis. Luego vuelve a un momento de oración y reflexiona: ¿Cómo me conectó ese acto o esta catequesis con Cristo? ¿Cómo me nutrió el dar?
Que esto se convierta en un ritmo semanal de vivir la Eucaristía.
Que esto se convierta en una manera de ser catequista.
Todo a Jesús por María, Todo a María para Jesús.
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